Motivados por el excelente estado de conservación de antiguos molinos harineros -originarios de la época romana y en activo hasta los siglos XVII-XVIII- junto a las espectaculares aguas de colores imposibles del Río Tinto, partimos en excursión fotográfica con la ilusión de captar con nuestras cámaras algo de aquel paraje tan singular.

La ruta se desenvolvía a partir de los bajos del Puente Gadea, a lo largo de un carril de tierra que orillaba el mismo curso del río por kilómetros y kilómetros.

Nada más llegar, quedamos todos fascinados por el color rojo-anaranjado del agua, por las rocas y minerales de mil colores cambiantes, por el paisaje escarpado de las lindes: pétreo, terroso, vegetal y arbóreo, coronado todo por una resplandeciente bóveda azul-cielo, moteada en ocasiones por la espléndida blancura algodonosa de viajeras nubes.

Nuestro entusiasmo con las cámaras no tuvo límite a lo largo de toda la jornada ya que, a cada paso, a cada giro de la luz, encontrábamos alguna nueva fascinación. A medida que íbamos paseando el río, nos fuimos encontrando con esas maravillosas construcciones de ladrillo abobedado, bañadas aún por las aguas agitadas de ese río del que en tiempos tomaron su fuerza para la molienda de grano.

Sólo el espectáculo de contemplación de estos ancestrales molinos para la práctica fotográfica, bien hubiera justificado por sí mismo el desplazamiento hasta allí.

En esta ocasión, habíamos llevado con nosotros toda la bebida y las viandas necesarias para no tener que salir de aquel mágico emplazamiento. Así pues, llegada la hora y en un pis pas, teníamos montado todo un buffet, del que disfrutamos alegremente entre comentarios sobre la jornada, risas y buen humor …así como las capturas cenitales del dron que uno de nuestros compañeros puso en acción para perpetuar las imágenes del grupo en ese feliz momento del almuerzo.

Continuó la experiencia con la fotografía a la luz inclinada y dorada de la tarde. Fotografía de detalles minerales y vegetales en las mismas aguas del río, fotografías panorámicas, fotografías del agua en movimiento en pequeñas cascadas, hasta fotografía de una modelo por parte de algunos fotógrafos del grupo… y despliegue de trípodes a medida que la luz disminuía… y así hasta llegar la noche sin darnos ni cuenta…

Una vez más, resultó una jornada fotográfica llena de encanto y disfrute, donde todos pudimos ejercitarnos con la práctica y aprender unos de otros.

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